Estuvieron saltando en un lugar inundado por la luna, que no tiene mares, ni cielos, que no tiene línea del horizonte. Saltaban porque no tenían frontera, porque estaban desorientados y extasiados buscando el límite, imaginaban que sus cuerpos demarcarían el destino.
La música más fuerte en sus oídos, música de risas, el sentimiento de nostalgia en las muelas y los colores azules y grises, los blancos lejanos y felices. Nunca nadie les había hablado de esto, de cómo llegar, de cómo empezar, cómo tantas cosas que ellos pensaban que tenían que estudiarse y aprenderse de memoria. Ese montón de frases provisorias, las respuestas hechas, la maqueta de la vida, ese proyecto pasado a progresista de oficina, que se va de vacaciones a lugares llenos de gente, pero tienen playa privada, para que no se note pobreza. Nadie tenía un veinte, ni una playa, hace tiempo las playas le pertenecían al tumulto de gente que se estaba quemando y matando
